La Font d'Aixa

08/01/2025

Las primeras luces de la mañana se extienden perezosas sobre la Costa Blanca, pintando con tonos rosas y naranjas las crestas escarpadas. El aroma de pequeñas hogueras de los agricultores de la zona en la distancia se mezcla con el salitre de la maquia mediterránea, una llamada salvaje que me guía hacia un lugar que la mayoría solo conoce por sus playas soleadas, pero mi corazón de aventurero, o tal vez de explorador de historias, anhela algo diferente. Hoy el destino es la pared de Font d’Aixa.

Un tesoro escondido en Gata de Gorgos, está formado por un estrecho valle entre las montañas que recoge las aguas que bajan de la Sierra del Castillo d’Aixa, lejos del ajetreo costero.

He elegido esta pared para la historia de hoy no por su fama, sino por el espíritu que emana, donde los senderos que la bordean, esculpidos por el viento y el tiempo, serpentean entre la roca caliza y la vegetación salvaje. Piensen que presenta varias especies de flora, entre ellas hay una planta que crece específicamente solo en ese lugar y en el Cabo de la Nao, la Erica Arborea.

La brecina (erica) tiene propiedades mágicas ligadas a la protección, la suerte, el renacimiento y el mundo de las hadas, además de ser considerada una planta purificadora en muchas tradiciones, especialmente la celta y la escocesa. Sus virtudes simbólicas van desde la protección contra los peligros (especialmente con la brecina blanca) hasta la esperanza en los deseos, y se creía que su perfume ahuyentaba a los espíritus malignos.

  • EN LA PAJED

    En Font d’Aixa, encontrarás 32 vías esperándote, distribuidas en dos sectores separados por pocos metros. Con niveles de dificultad fáciles entre IV y 6c, y alturas de 10 a 25 metros, las vías están orientadas al sur, ideales para el invierno, pero insoportables en verano.

    Agradecemos a los escaladores locales que equipan las vías para que todos podamos disfrutarlas, de hecho, la mayoría de ellas ya tienen el descuelgue montado y no es necesario instalar una reunión.

Con los pies firmemente plantados en el suelo, me estiro lentamente, buscando la armonía entre mi cuerpo y la roca que me espera, no es solo estiramiento, es un ritual: las piernas se tensan, los músculos se despiertan del letargo de la mañana, y la mente se vacía, dejando espacio solo para el presente.

Siento el calor del sol en la piel y la ligera brisa que me acaricia, casi como para recordarme que soy parte de este lugar, un invitado respetuoso en un templo de piedra, la paz no es solo la ausencia de ruido, sino una intensa conexión con el entorno, donde cada respiración es un eco de la respiración de la montaña.

La cuerda se desliza entre mis manos mientras busco en vano leer la primera vía del día. Hago un doble chequeo con mi compañero de cuerda y ahí está, esa sensación de seguridad que te envuelve cuando el primer seguro queda anclado.

La adrenalina sube, pero es una adrenalina tranquila, consciente. Después, el tiempo se ralentiza. Cada movimiento es una interpretación, un diálogo silencioso con la pared. Mi mirada busca la vía más lógica, mis manos exploran las micro-fisuras, las protuberancias, las pequeñas presas que parecen invisibles para un ojo no entrenado. Me agarro a una saliente, el pulgar se adapta perfectamente a la forma de la roca, y empujo con las piernas. Y, ¡a por el segundo seguro!

Font d'Aixa: Dove il Sole Bacia la Roccia e l'Adrenalina Incontra la Pace

Mis dedos se mueven con precisión, cada músculo de mi cuerpo trabaja en sincronía, empujando, tirando, moviéndose. El siguiente seguro parece lejano, pero entiendo los movimientos siguientes y en ese instante de suspensión entre un paso y el otro, me doy cuenta de que el seguro ya está bajo mis pies, y es ahí donde el mundo exterior desaparece. Solo existo yo, la roca y mi respiración; el cansancio no es un peso, sino un compañero de viaje, un signo de vida y de desafío, y la perseverancia que me lleva a la reunión.

Llegar a la reunión, al final del largo, es como alcanzar el epílogo de un acertijo. Mis manos buscan la anilla del mosquetón, el clic que me anuncia el final de la escalada. En ese momento, como un ritual, me giro.

La sensación es indescriptible. El interior se abre bajo mí en un mosaico de valles verdes y pueblos dormidos que, pensándolo bien, están a solo 25 metros. Aun así, el viento me envuelve en un abrazo, y la vista se extiende hasta donde alcanza la vista, en los campos de Llíber. La emoción no es de miedo, sino de profunda gratitud y satisfacción.

La escalada no es solo un acto físico, sino una danza con la montaña, un diálogo silencioso entre el hombre y la naturaleza. Las manos buscan y encuentran presas seguras en la roca áspera, mientras el cuerpo se mueve en un ritmo ancestral. Cada paso, cada movimiento, es un himno a la fuerza primordial que nos rodea. El silencio solo se rompe por el susurro de las hojas y mi respiración agitada, un sonido que con cada metro que gano se vuelve más y más melódico.


Bajar no es menos emocionante; los pies se mueven con cautela, el cuerpo encuentra un nuevo equilibrio.


La pared de Font d’Aixa no es solo un lugar para escaladores, sino una experiencia para el alma. No es solo un punto en el mapa, sino un capítulo de una aventura que vale la pena vivir. Y estoy seguro, la Costa Blanca aún tiene muchas otras historias que contarme.

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